Como Murió El Ego del Peleador

Como Murió El Ego del Peleador

Por: Henry Binerfa Sensei

Existe un momento en la práctica de las artes marciales donde el discípulo se siente intocable,  su ser está completamente lleno de poder, y en ocasiones mira por encima del hombro a su propio maestro y sin reflexionar mucho él se siente superior a este y a todos los que le rodean. Aquí comienza la dura prueba del artista marcial, es aquí donde se define quien es un verdadero Budoka y quien no está apto para entender el significado de las artes marciales. Lo cierto es, que después de ganar 100 o 200 combates y probar por la propia experiencia la fácil aplicación de las técnicas marciales, te inunda una suave seguridad y el ego del peleador comienza a crecer, imaginándose durante mucho tiempo miles de cosas ilusorias, pero, hasta el día que sucede lo que menos se espera, donde las mismas ilusiones te mataran. Yo también una vez luche contra el ego, luche contra el demonio interno que me hacía fallarle a la verdadera cumbre del arte marcial. 

Cuando advertí mis propios errores, inmediatamente me empeñe en mejorar esa actitud incorrecta, no había un solo minuto de mi vida, ya fuera despierto o dormido, que yo no aprovechara para reflexionar y mejorarme a mí mismo, fue por estos días cuando recibí la lección más fuerte de toda mi vida, y precisamente no fue dada por un maestro de este plano, sino me fue dada en sueños, ilusiones del mundo astral. 

Estando de viaje en uno de mis seminarios me sucedió el sueño que para algunos podría haber sido una pesadilla, pero la cual yo preferí verla como la dulce enseñanza que corta de una vez y para siempre la ilusión del ego. En el sueño me sucedió lo siguiente: 

Me vi rodeado de aquel ambiente en que crece un peleador, un lugar desordenado, lleno de personas de las más diferentes características, acompañado de un ruido enloquecedor que aumentaba de volumen después de cada acción combativa, por supuesto que no faltaba el humo de los cigarros, y algún que otro aliento alcohólico,  así como aquel olor propio a sudor que salía de la piel de los peleadores y de muchos de los espectadores. Yo era uno de los entrenadores y estaba en la esquina derecha y guiaba al peleador de mayor estatura y peso, fue entonces cuando vino un hombre y me ordeno detener el combate, él planteaba que existía una gran diferencia de peso y esto podría ir en contra de las reglas de las peleas y que sería mejor detener el combate.

Yo estuve de acuerdo y me dirigí a informarle a ambos peleadores, pero sucedió lo imprevisto cuando, el peleador de la esquina contraria empezó a gritarme llegando hasta el punto de empujarme. A partir de ese instante mi ego comenzó a actuar y poniendo mi cara de temerario le pregunte si no me conocía, y que si quería pelear conmigo, que sin problemas lo haríamos, solo que sería sin los guantes, no quería protecciones, yo solo pretendía la pelea puño a puño, mano a mano. El acepto. Sus ojos estaban rojos de furia y me inspiraban el sentimiento de lo mucho que deseaba destruirme, su mirada me influía que solo no codiciaba dañarme, sino que también envidiaba arroyar con todo mi prestigio y honor. Inmediatamente se sacó los guantes y la pelea comenzó. Yo me mantenía completamente confiado y muy sereno, en los primeros intercambios de golpes brille utilizando elegantes desplazamientos, cada vez estos más oportunos. Me veía como reluce un torero frente a su bestia.   

Pero tan inexplicable como la muerte, tan rápido como el relámpago y tan real como el sufrimiento mi ritmo se detuvo, observe la palma de mi mano y estaba llena de excremento, de mi propio excremento, mire mi estómago y la cicatriz de una antigua intervención quirúrgica estaba abierta, completamente abierta, podía ver mis propias viseras perforadas. Seguidamente sentí aquel descenso profundo, aquella caída que parece que nunca termina, vi cada vez las cosas alejarse más y más, voltee la cabeza  hacia la derecha y la izquierda, un mar interminable de sangre me rodeaba, cuando enderece mi cabeza, al frente como un demonio tenia a mi adversario burlándose de mí, me apuntaba con el dedo a la vez que me gritaba las más insultantes palabras.  A partir de este instante recuerdo muy poco de mi sueño, con claridad solo veo el rostro de mi Sempai, mi apreciado muchacho se acercó y me tomo la mano, creo que mi último pensamiento fue “Diviértete, sigue el camino” y fue dirigido hacia él. Después de esto mis ojos se cerraron para siempre.  

Al abrir los ojos pude ver que nada había ocurrido, que yo no estaba muerto, pero  pude sentir que algo si había cambiado para siempre dentro de mí, internamente dentro de mi verdadero ser algo se había producido. Inmediatamente recordé un discurso del Sosai Masutatsu Oyama, donde él confesaba que en medio de la noche había tenido un periodo de análisis y auto critica: 

“ ¿Quién es Masutatsu Oyama? ¿Quién soy yo? No soy una persona con una gran habilidad de liderazgo, tampoco un negociante ni un político. Así que ¿Quién soy yo? Soy un Bugeisha, una persona que lucha donde sea, siempre. Soy una persona que solo entrena Budo. Pero aun hábil pistolero se vuelve débil cuando envejece, y un caballo no puede ser bueno para siempre. ¿Qué hace un Bugeisha cuando encuentra a alguien más fuerte que él?”                             

  Precisamente en mayo 10 de 1978 en Nara, antigua capital de Japón, el discurso fue parte de un seminario público y tuvo una duración de dos horas, como de costumbre el Sosai solo hablaba sin ayuda de notas y sin planearlo. 

Las mismas preguntas que el Sosai se cuestionó a sí mismo, me sirvieron para comenzar con mi investigación interna, les confieso que aprendí mucho de esta indagación. Las artes marciales no son solo combate ni técnicas para matar, son mucho más, para mí como de seguro para muchos son una medicina para el alma, es Budismo Zen en movimiento, es perfeccionarse de mente, corazón y espíritu.  

Quizás este ensayo no tenga una gran calidad literaria o sea un poco disparatado hablarles de un sueño personal, pero tal vez estas palabras puedan ayudar a un caminante del sendero a enderezar su camino, a no perderse, a comprobar que lo que él está sintiendo otros ya lo sintieron, y que es algo normal pasar por estas etapas, donde las pruebas deben ser vencidas a todo costo. Aquí no hay más nada que la verdad de lo que me ayudo a apreciar desde una perspectiva diferente el “Do” de la manera correcta, solo le aconsejo que cambie los personajes de la historia y se ponga usted como el peleador derrotado y luego sienta ese dolor, y busque respuestas a las preguntas que aparecen en este texto, estoy seguro que aprenderá algo nuevo, algo que no había pensado nunca, explórese, y conózcase a sí mismo.

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